Mi Verso Favorito

SI LAS PALABRAS QUE SE VAN A DECIR NO SON MÁS BELLAS QUE EL SILENCIO, LO MEJOR ES CALLAR.


20 de febrero de 2009

De Allá Aquí

















Hacen cincuenta y tantos años que mi ser comenzó a ser. Llegaba a su fin la década de los sesenta, que desde mi percepción, la noto como la época en que terminaban de emigrar los primeros contingentes de indígenas, de sus tierras a las urbes.

Porqué dejaron sus tierras? Por la postergación a la que fueron sometidos. En el campo no habían las mínimas condiciones para vivir humanamente.

El viento en el altiplano, cual elemental potencia universal, sopla mostrando que el espacio es libre, la inmensidad de la desolada superficie se somete con pasividad, el balido de un cordero, el trinar de pajarillos y hasta el canto de un gallo; cual solitarias voces, expresan en el campo su existencia.

Los olores de la mañana traen consigo, el mágico perfume del pan recién horneado, la fragancia de la leche apenas ordeñada; y el perfume de claveles y otras flores.

Cuando la naturaleza es pródiga, vivir en el campo es una fortuna, cuando ella se enfurece, un infierno.

Santiago de Huayllamarca, antiguo pueblo, cercano a la frontera con Chile, es capital de la provincia Nor Carangas de Oruro, destaca en el paisaje del altiplano por ser un pueblo de condición climática benigna, gozar de aguas cristalinas y ser ideal para la agricultura, la cría de ganado y potencialmente para el turismo.

Peinando las largas trenzas de Candicha, la abuelita Antonia

-Hijita, le dice:

-Ya estás grandecita, uno de estos días, voy a llevarte a la ciudad con tus padrinos.

Candicha, de adolescente, es una hermosa flor que de envidia la miraban las aves y las flores (verso de Manuel Acuña), corría en su pueblo, ora por jugar, ora por llevar los cántaros al río.

Por fin el día llegó y Candicha salió una fría mañana en el primer camión rumbo a Oruro. Instalada justamente de acuerdo a lo planeado en la casa de sus padrinos-una familia de yugoslavos-se desempeñaba como empleada doméstica y aprendió a limpiar, lavar ropa, cocinar, hablar el castellano y a vivir “como gente”. Esporádicamente, dada la proximidad de las ciudades, se trasladaba hasta La Paz.

Comparaba Candelaria, luego de sus viajes, que la forma de vida de la gente en las ciudades, distaba cien años de la del campo, y en un arranque de valor, acicateada por una justa aspiración al derecho de vivir mejor, tomó la decisión de abandonar definitivamente el campo para radicar en la ciudad.


La gran ciudad del Illimani, la ciudad de La Paz, la deslumbraba. Rodeada de montañas, unas nevadas, otras desiertas, de grandes avenidas, de calles anchas, otras estrechas, de clima increíble, de mañanas frías y de tardes calientes, por la noche, a veces fresco, a veces gélido. Habían muchas cosas nuevas para ella, grifos de agua en las esquinas, escuelas, institutos, universidad, alumbrado público, transporte de pasajeros en taxis y colectivos, comisarías de policía en los barrios, tiendas de abarrote, mercados, mingitorios, canchas deportivas, parroquias y una gran cantidad de cosas que ella no conocía. Y bien , ya estoy aquí, ahora tengo que trabajar para comer y para vestirme, se decía. Entonces la brillante idea no tardó en llegar a su cerebro. Podría poner un negocio en el Mercado Rodríguez, con el pequeño capital que traía consigo. Y así fue, a partir de aquel día, Candelaria se ubica en una esquina estratégica del concurrido Mercado.

Viernes en sus primeras horas, los camiones llegan trayendo la mercancía, los chóferes afanosos buscan un lugar para estacionarse, no tardan en hacerlo, a esas horas es muy fácil. El día comienza a mostrarse claro, de la carpa de los camiones rostros polvorientos se descubren de entre mantas y aguayos, una que otra guagua busca con llanto el pecho de su madre.

-Señoras, pasajitos por favor, solicita el conductor

-Cuánto es el pasaje?, pregunta una cholita.

-Sabes también linduraa..., cada viernes te traigo y parece que por joder nomás vos me preguntas, le dice con sorna el ayudante

-Te haces subir también cada vez, por eso pués te pregunto y no me estés mirando así, contesta fastidiada la moza

Diálogos parecidos se suceden.

Candelaria, había decidido dedicarse al rubro de las verduras y su tarea comenzaba justamente los viernes, entre las cuatro y seis de la mañana, su afán era agarrar mercadería de la mejor calidad y a los mejores precios, luego con la ayuda de los khepiris, trasladaba sus productos hasta su lugar de venta.

-Aquisito pónmelo, con cuidado por favor, rogaba Candelaria.

Siete de la mañana, su puesto sobresalía, era el más lindo, el más completo. Lucían a cual más frescas verduras de toda laya, zanahorias, habas, arvejas, cebollas, papas y otras. Ella sentada al medio, reinaba entre sus cosas.

-Caserita, cómo estás, dame de todo un poco pero bien yapadito, ya sabes...

Como no pues casera, aquí está la baratura y de yapa, la frescura, contestaba Candelaria

Diez de la mañana. Fresco, fresco; salteñas, salteñas, El Diario, Presencia, Hoy, Ultima Hora, es el pregón de los canillitas. Servilletas, señora?, bolsas de basura?, condimentos, mamita?, te ayudo señora?, te lo cuido caballero?, te lo hua limpiar caballero! se escucha a cada paso.

Una de la tarde, la clientela de Candicha arrasó con todo, su venta acabó y se dispone a recoger el puesto.

Su cuarto es apenas dos por tres, para llegar a él, primero hay que trepar penosas sendas, de las paredes de color rosa intenso cuelgan de dos clavos, una pollera y un sombrero, el piso es un vaciado de cemento, tiene una puerta y una ventana de cuarta calidad. En el espacio de la pieza se distribuyen un catre, una mesa, una silla y un cartón que hace de ropero. Afuera, es el patio de uso común y en éste están un cuarto de baño de pozo ciego, un banquito de tabla larga, unos cordones para tender la ropa, un grifo de agua y por jardín se entiende un grupo de maceteros. Este ambiente es su hogar, aquí ella duerme, sueña, planifica y piensa en su futuro.

Los días, los meses y los años, pasan casi iguales. Candelaria, luce preciosos veinte años y a esta altura de su vida no puede ocultar lo que lleva encima, belleza, esplendor y ganas de vivir. Fermín un apuesto joven, se le cruza en el camino, le invita a salir y poco a poco se adueña del corazón de Candelaria.

En efecto Fermín, se convierte en el esposo de la joven Candelaria. A un año del matrimonio, llega el primogénito de la pareja. No lo pueden creer, una guagua entre sus manos. Cada uno por su lado reflexiona: el papá, sueña con llegar a ver a su hijo, así sea sólo hasta sus diez años y mientras eso suceda trabajar con todas sus fuerzas para que no le falte nada; la mamá, no sueña, ella está despierta, su hijo es su realidad, está conciente que en adelante tiene una gran responsabilidad.

Le ponen de nombre Samuel y éste no tarda en llegar hasta la edad en que va a la escuela. Allá, en ese lugar que para muchos, es el templo del saber, Samuel sin darse cuenta experimenta los primeros embates de algo que no acaba de comprender: la discriminación.

Es evidente que asiste a la escuela con la mayoría de niños de su misma condición; pero los profesores que, seguramente tuvieron mejor suerte que sus padres, se encargan de propinarle a él y a sus compañeritos los golpes de esa tremenda lacra en nuestro país, la discriminación entre nosotros mismos.


Cuando sus padres iban a la escuela, el director y los profesores se dirigían a ellos peyorativamente, llamándolos, hijos.

Una vez, el profesor entró en el aula cuando ésta se encontraba en pleno alboroto y entonces preguntó:

-Cuándo se recuerda el día del indio?

Los niños contestaron:

-El dos de agosto! a una sola voz

Entonces el profesor les dijo con sarcasmo:

-Y por qué están festejando hoy día?

En cierta ocasión, el profesor de dibujo se puso a interrogar a los alumnos a qué se dedicaban sus papás, unos dijeron plomero, carpintero, cerrajero, albañil; zapatero, chofer, garzón y no faltó uno que dijo que su papá era administrador, lo que hizo que el profesor se quite los gruesos lentes y se aproxime al inocente niño para preguntarle:

-Qué dijiste?

-Administrador, contestó el niño con la mayor naturalidad

-Administrador de qué?

-De la iglesia San Pedro.

-Ahh dijo el profesor.


Por qué no estar orgullosos de nosotros mismos?

Fuimos sometidos, es verdad; pero aún por nuestras venas circula la sangre de nuestros antepasados. Nosotros, la “mayoría”, damos lugar a vernos como a “bichos”. Mucha gente, que en la actualidad ocupa puestos claves de autoridad política, cultural y social, encuentra justificativo, en nuestro comportamiento, en nuestra forma de vivir, para hacerse de nosotros el juicio más deshonroso.

En nuestra casa, en las calles, en nuestro trabajo, tenemos a la oportunidad esperándonos. Por ejemplo en casa, comencemos por nosotros, contagiemos a los nuestros. Nosotros podemos, por qué no, si desde que nacimos tenemos uso de razón, se nos dio la capacidad de distinguir el bien del mal, comportémonos entonces de mejor manera. Así, nadie tendrá que avergonzarse de nosotros. En el trabajo por qué esperar que nos vean para producir más y mejor?. En las calles, en las plazas, en el tránsito vehicular o como peatones por qué botar basura donde sea?. Por qué no cuidar las plantas?. Por qué no conducir con orden, paciencia, higiene y seguridad?. Por qué no utilizar los pasos de peatón, respetar las paradas y dar preferencia y seguridad a los niños, a los ancianos o a la gente que ignora lo que nosotros no ignoramos?.

Es muy difícil, imposible dirán algunos. Mientras pensemos así, nunca dejaremos de ser ciudadanos de cuarta categoría.

Samuel Pachari ha cumplido dieciocho años, es bachiller y su primer deseo es ir al cuartel. Un cuatro de enero en la madrugada se encuentra en las filas para ingresar en el Regimiento Motorizado 23 de Infantería “Max Toledo” acantonado en Viacha.

-Sarnas, gana panes, quieren servir?. A ver si van ha aguantar carajo!, es la voz de un soldado antiguo.

Son las siete de la mañana y comienza el reclutamiento con una ceremonia que es ley entre los mostrencos, recortarse el cabello al ras. Los jóvenes, algunos asustados y otros muy a gusto soportan toda gama de maltratos.

Ocho de la mañana, el médico con la ayuda, siempre de los antiguos, hace la revisión que corresponde y determina la habilidad ó inhabilidad de los postulantes.

-Si quieres tú, puedes quedarte, estas bien, pero como eres bachiller puedes tramitar tu Libreta como Auxiliar A ó B e irte, le dice el doctor a Samuel.

-Yo quiero servir doctor, es la respuesta sin titubear de Samuel.

Durante su Servicio Militar, Samuel se convierte muy pronto en un soldado singular, conquista el respeto de sus camaradas y la consideración de sus instructores. A los tres primeros meses, después de su primera Revista, llega su ascenso a Dragoneante, después de su segunda a Cabo, muy cerca de la conclusión de su servicio y después de su tercera alcanza el grado de Subteniente de Reserva, que al final de cuentas resultó una farsa, pues en su Libreta no figura dicho grado

Día del Licenciamiento, durante los primeros ajetreos, alguien le avisa a Samuel que se encuentra entre los sarnas un muchacho de apellido Pachari, Samuel sin demora se pone en contacto con el chico, y si que era chico, no media más de 1.50 m., aspecto que contrastaba con él.

-Cómo te llamas?, interroga Samuel.

-Eleuterio Pachari, mi clase, contesta el mostrenco.

-Vas ha saber que yo, Samuel Pachari, soy tu hermano y como tal, te dejo todo lo que tengo, tres maletas, mis libros, mi maletín y mi radio.

Dicho esto Samuel se licenció del cuartel y nunca después, llegó a saber nada de Eleuterio.

Tenía que ser el amor, quien esta vez, toque a su puerta. Con su Libreta de Servicio Militar en mano, Samuel va en busca de su amada. Ella, una muchacha sencilla, fresca como ninguna, dulce como el almíbar y tierna cual una rosa, se llamaba Adela y lucía con orgullo, la edad más linda en todas las mujeres, sus quince bellos años.

Samuel, llegó por fin hasta la casa de Adela, pasó por el zaguán que comunica, la puerta de calle con un pequeño jardín, logró atravesarlo y a su frente se abrió una puerta doble, una voz amable le dijo con ternura:

-Pasa Samuel, estás en tu casa.

-Con permiso, está Adela?

-Sí Samuel, estoy aquí, clamó desde un rincón Adela

-Hola mi...querida amiga, dijo luego de un titubeo, bastante más que largo.

-Cómo estás?

La charla prosiguió, casi sin nada interesante.

Donde se producía un torbellino, era en las entrañas de Samuel. Sufría como nadie en ese instante, Adela estaba embarazada y a punto de...Samuel estaba frente a ella, un año exactamente después de verla por última vez y no podía comprender que Adela fuera capaz de...Pero la verdad era más real que su angustia y más fría que su transpiración. Por primera vez en su vida sentía que está vivo porque Dios así lo quiere; porque si de él dependiera no sería como es.

Hora de la Universidad, Samuel está seguro de su vocación, quiere ser periodista y con esa idea asiste al pre-universitario. Después de algunos meses logra el primer lugar e inscribe entre sus alternativas de carrera: Periodismo y Psicología clínica.

Con el resultado obtenido se acerca a su padre que a la sazón, se encontraba trabajando en su taller de carpintería.

-Papá le dice, voy a estudiar periodismo.

-Estarás loco, los periodistas son perseguidos y nunca bien pagados.

Sin embargo Samuel se acerca a la Universidad y allí sufre una desilusión, se entera que en la Universidad pública no existe esa carrera.

Samuel sabe que su única alternativa es la Universidad privada, intenta convencer a sus padres; ellos, no pueden pagar y Samuel se resigna.

Bolivia necesita técnicos! es la voz que grita en su cerebro, no puede ser un error yo nací para servir y por qué no hacerlo si es por mi patria bulle en su interior. Samuel se hace Técnico.

Cuánta importancia, elegir una carrera, un futuro. En un país como el nuestro, es difícil acceder. El mecanismo de la marginación del sistema funciona y si que funciona bien.

Claro, nuestros padres acostumbrados al sometimiento se contentan con que algún día sus hijos tengan un trabajo bien remunerado, mejor si es del Estado.

Una tarde hermosa que Samuel nunca ha de olvidar, la que fuera su compañera de toda la vida, llega hasta sus días. Su nombre es Brisa. Prendado perdidamente por ella, Samuel le escribe los versos que siguen, versos de Ana Inés Bonnin A.


Amor llena mis ojos,
que con amor quiero mirar las cosas.
Yo sé que si las miro con amor resplandecen;
yo sé que si las miro con amor se entregan.
Jamás donde hubo amor los mundos se agotaron;
jamás donde hubo amor cesaron las palomas.
Y nunca sin amor fueron los nidos,
y si el nido no fuera la vida no sería.
¡Oh, qué gozo, los nidos, por tan desamparados!
¡Qué alegría saberlos, muy cerca de nosotros,
alzándose en el alba!
¡Qué alegría saberlos!
Amor llena mis ojos.
Iré dándote, amor, como a río invencible,
y nunca gota a gota, a manantiales.
Llegarás a lo seco,
llegarás a lo árido;
recorrerás la sed viva y eterna;
florecerán contigo las raíces
y el surco se dará lleno de flores.
Esmaltarás la tierra, ¡toda!, sin mesura,
y hasta el rincón más mísero y pequeño
tendrá el amanecer que le otorgaron.

Amor llena mis ojos;
que en la inmensa amapola de tu luz me derrame
sobre el reseco nido, y así los nidos sean.


Brisa es como su nombre, fresca y deliciosa, cochabambina y de origen humilde como Samuel y como tal con la vitalidad para hacer de su vida un tránsito hacia la transformación en una mujer del pueblo, que consciente de sus limitaciones, tiene el objetivo claro de demostrar que los dueños de este país somos capaces de alcanzar mejores niveles de vida.

Samuel y Brisa se juran amor eterno, ante un altar en la Parroquia de San Pedro. De novia, Brisa es una gema envuelta en albo vestido y Samuel un apuesto caballero. La fiesta de matrimonio se lleva a cabo en un modesto local de fiestas alquilado, transcurre la misma animada por una orquesta y los invitados son vecinos, amigos, padres y padrinos.


Samuel ya tiene encargado a su preciosa esposa un bebé y su primera preocupación es encontrar trabajo para lo cual resuelve una tarde de Junio, víspera de San Juan, trasladarse hasta la ciudad de El Alto en busca de un empleo. No sin mucho esfuerzo, llega hasta las puertas de una fábrica, lugar en el que luego de una breve entrevista logra la aceptación del administrador.

-Sabes hacer engranajes, pregunta el jefe

-Sí, de todo tipo, es la respuesta de Samuel.

-Veamos, tenemos un problema, el técnico que trabaja en el turno de la mañana es presumido y se hace de rogar, a ver si tu consigues bajarle los humos.

-No es mi propósito; sin embargo veré lo que puedo hacer.

Samuel acaba esa misma tarde un tallado de engranaje helicoidal y de esta manera gana la voluntad del jefe, pues éste ordena la inmediata instalación de la pieza en una gran máquina que estaba parada con el consiguiente perjuicio de obreros sin qué hacer. El desempeño de Samuel en sus primeras horas como nuevo empleado de la fábrica es sin lugar a dudas todo un éxito. El se siente feliz.


Transcurren tres años de trabajo en la fábrica y Samuel ve que necesita otro lugar para desempeñarse, pues en éste ya no queda nada interesante, lo que le lleva a concursar en una solicitud de Técnico Mecánico para una fábrica instalada en Cotapachi, Cochabamba, dependiente del Estado. Con calificación excelente accede al empleo. Samuel, prácticamente soporta un año en esas instalaciones, no resultó lo que imaginaba, la fábrica no contaba con servicio eléctrico y con tremenda maquinaria resultaba ser, un elefante blanco.


Los años pasaron, Samuel y Brisa ya son padres de cuatro niños, llevan a cuestas los desaciertos de nuestros gobiernos, que por entonces se sucedían, uno tras otro a plan de golpes de estado. Había que tomar una decisión, Samuel técnico y Brisa maestra normalista, juntos con sus magros salarios no alcanzan a llevar adelante su economía como ellos creían que sería justo. Decididos ambos, salieron a trabajar a la calle engrosando el enorme contingente de trabajadores gremiales en Bolivia.

Trabajar en la calle, a simple vista parece fácil, sin embargo cuesta, si que cuesta.

El sol, el hambre, el frío, la lluvia, el viento, las ganas de orinar, los gendarmes, precisamente parecen ensañarse con los gremiales.

La joven pareja gana pero sufre, pierde, principalmente el rol de padres, pierde, la calidez de un hogar, pierde, la oportunidad de acompañar a sus hijos cuando ellos necesitan de ellos, pierde hasta la amistad…

-No te sientes en mi puerta andá más allá!

-Desde cuándo es tu puesto, dueño de la calle!

Son frases que hieren, cual frío acero que cala el alma; pero lo que vale, cuesta.

Y el tiempo va pasando, como alguien dice. Samuel y Brisa se hacen empresarios y entonces ocurre un fenómeno que no es extraño en nuestra sociedad, un fenómeno que a alguien no sin mucho ingenio se le ocurrió llamar, el de la guitarra: tomarla con la izquierda y tocarla con la derecha (idea tomada del libro "Sobremesa" de Cayetano Llobet).

En efecto la pareja adquiere bienes, entre mercadería, inmuebles y vehículos, su condición deja de ser dependiente y se convierten en empleadores. Son padres, ya no de niños; sino, de jóvenes.

Sus antiguos clientes los miran, algunos con admiración, otros con envidia y otros hasta con desprecio.

La crisis en Bolivia es moneda corriente, nos acostumbramos a vivirla, atravesarla y hasta disfrutarla, tiene sus bemoles, será que conocemos tan de cerca vivir, a veces, hasta en la indigencia, que cuando tenemos el estómago lleno y el corazón contento, parece que somos felices; es decir, somos muy felices, lo que ocurre es que podríamos serlo mucho más aún, para ello tenemos que usar una simple fórmula: educarnos, trabajar y no olvidarnos, que no siempre tiene que ser para otros. ¿Por qué esperar que nos venga una ayuda?, ella puede venir y debe ser bienvenida; pero no podemos estar dependientes de ella, es más, no podemos contar con ella. Busquemos nuestra independencia económica, social y política.

Prohibido progresar, parece ser el letrero que siempre se antepone, lo que sucede es que provoca una bronca injusta cuando se nota que los de abajo adquieren comodidades que no consiguen los de arriba, cuando se duermen pensando que lo que heredaron ha de durarles toda la vida.

Encontraron la fórmula. Que paguen impuestos, no solo los de hoy sino también los de ayer, como si no hubiéramos pagado por adelantado con la postergación de nuestros antepasados, que fueron explotados, abusados y desterrados en su propia tierra. ¿Cuánto cuesta lo que no nos dieron en salud, educación y condición mínima de seres humanos?. Nos debe el Estado.

No se trata de negarnos a pagar impuestos, se trata de que debe haber comprensión y tolerancia, se trata de que se debe enseñar, no con violencia; sino, con ejemplo. ¿Acaso no se nota que lo que se cobra por impuestos, en muchos casos, es malgastado por el Estado a través de desfalcos, negociados y diferencias humillantes de salario?

Casi todos los modelos económicos son buenos, o más bien serían buenos, si se cumplieran los supuestos, bajo los cuales son planteados; pero de los supuestos a los hechos hay mucho trecho. Los seres humanos somos difíciles, somos incontrolables, no sabemos usar nuestro libre albedrío. A los que saben o tienen un poco más que los demás les importa un carajo sus semejantes. Y este es un delito que prontito se paga.

Parece ser cierto, cuando se dice y se escucha que “el tonto vive de su trabajo y el vivo, vive del tonto”. Hasta cierto punto se cumple, cuando de por medio esta la desvergüenza del delito; pero cuando se trata de disfrutar la maravillosa etapa de tener más de cincuenta, no se cumple; pues de por medio no está el delito, sino la experiencia, esa facultad facilísima de saber elevarse, de ver de arriba, contemplar y proceder, para organizar el trabajo de otros, de hacer que el dinero sea quien trabaje por nosotros.

Brisa, no es la mujer que esta detrás de un gran hombre, es la gran mujer que está al lado de un hombre. Guarda entre sus recuerdos escenas de su infancia grabadas profundamente en el alma.

Tenía apenas siete años y obligada por su triste realidad soñaba despierta al cerrar sus ojitos, con princesas de doradas cabelleras, de largos vestidos, y de tacos de alfiler. Despertaba y su realidad era el abandono, la tristeza, la pobreza, el hambre y el frío; observaba a su madre y la veía sumida en la humildad, la ignorancia y la resignación. Aquí, se encuentra la explicación de ese deseo, esa fuerza y necesidad de crecer, progresar y desafiarle a los años, para convertirse entonces en Dña. Brisa.

Sin lugar a dudas ella es la artífice principal de esta odisea. En su personalidad se encuentran valores no muy comunes, rasgos de carácter fuerte, decidido y con una confianza en sí misma a toda prueba. De su valor humano, entre sus mayores cualidades, nítidamente destacan: la solidaridad, la colaboración desinteresada y principalmente ese romperse en ternura, de paloma desvalida, cuando parece tener la fiereza de una leona.

Samuel no se contenta con el tiempo trancurrido, no acepta el paso de los años, tiene dos edades muy diferentes, una, la del señor que tiene más de cincuenta; la otra, la del hombre eterno, del hombre que no piensa morir.


Continuará…


17 de febrero de 2009

Mírate Tu Mismo


Señor perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal.

Como éstos, simples, profundos y hermosos son todos los versos del “Padre Nuestro” de todos los días.
No sé si en tu casa; pero en una buena mayoría sí. Un día cualquiera a las 06:30 de la mañana, suena el despertador del celular (cuando se quiere con un tono diferente), despertamos, buscamos el control de la tele y zas… noticias!
En la madrugada de hoy nuestros reporteros……..es la cantaleta de todos los días; pero, lo interesante es que lo primero en que interactuamos es en la opinión de cómo esta vestida la M, la R o la C, también porque no, que el E había sido gordo, que este otro bajó de peso y ahora volvió a subir y N y N comentarios.
Me puse a pensar y qué tal si vemos las cosas al revés; la tele se activa a las 06:30 y cada uno de los diferentes informativistas (que al cambiar de canal parecen de una misma emisora) opina sobre cómo nos ven a nosotros: mira sus pelos de la doña, mira su ropa, y éste?… hasta qué hora pensará dormir, veamos si se bañan hoy día, etc.
En verdad estos comentarios se dan en la mayoría de las familias, no sólo a la hora de levantarse, sino también a la hora de almorzar, de tomar té e inclusive cuando participamos en reunión de amigos.
Los riesgos no siempre se manifiestan de inmediato, más bien lo hacen en el largo plazo, sin darnos cuenta, inconscientemente, resultamos habilitados para ser unos acomplejados.

Nadie Acepta Lo Inaceptable


Conversando con mis viejos, llegamos a una conclusión muy importante.

En la mayoría de los casos los viejos se sienten o son abandonados por los que en su momento fueron la razón de su vida. ¿Qué contradicción no?.

Los adultos mayores por su condición natural adoptan una actitud de desamparo, debilidad, incapacidad y permanente deseo de compasión. Nada más natural. Tendría que asumirse como correcta y aceptar la realidad y punto. Sin embargo, recurriendo a un valiosísimo argumento como es la psicología, los adultos mayores tienen todas las posibilidades de desechar todas esas “actitudes naturales” y asumir su verdadero rol en la vida, es decir vivirla a plenitud y hasta que Dios decida lo contrario.

Los seres humanos tenemos tres edades:

- la cronológica

- la biológica

- la psicológica

La cronológica, es la edad que figura en nuestros documentos; es decir, aquella que indica desde cuando estamos vivos. Es imposible cambiarla.

La biológica, es la edad que muestra nuestro cuerpo; es decir, aquella que nos avisa que nuestros huesos están como galletas, que nuestra calidad de vista y oído han disminuido, que nos duele una y otra cosa. La podemos alargar pero no la podemos regresar.

La psicológica, es la edad que está desesperada de ayudarnos; es decir, aquella que cual príncipe o princesa armada de juventud y belleza vive en nuestros corazones. A ésta la podemos manejar a gusto y sabor. Se la puede llevar adelante, atrás y a todo lado.

Alguien dijo alguna vez, si quieres que te quieran, primero quiérete tu mismo. Ésa, es exactamente la idea de esta reflexión.

Si a todos quienes nos rodean, confiados en su generosidad, les mostramos una actitud permanente de desamparo, con nuestras quejas, nuestras recetas, nuestros achaques, nuestro “pasame estito, pasame el otrito”, y nuestro inconsolable llanto porque sufrimos mucho nuestra vejez, vamos a terminar aburriéndolos, es decir alejándolos y creo que no habría dolor más profundo que ése: el sentirnos total y verdaderamente desamparados.

Nuestra vejez no es indicador de inutilidad, nosotros hacemos que se vea así; pero, por qué mentimos?, si sabemos que sabemos, si vivimos lo que los demás recién van ha vivir, no seamos egoístas, no ocultemos nuestra sabiduría, compartámosla, todo el mundo necesita de nosotros, quizá no podamos levantar una y otra cosa pero si podemos decir una y mil cosas y no decirlas por decir sino decirlas con uso de experiencia con eso que los changos llaman “back up”.

Explicado de otra manera si queremos que nos acepten, tenemos que hacernos aceptables.

En vista de los antecedentes mencionados atrás, ha llegado la hora de darle la bienvenida a nuestra bella, lozana, fuerte y bendita edad psicológica.

4 de febrero de 2009

"El Zapatito Nuevo"

He oído de muchas mujeres que no hay nada más hermoso que ser madre, tal vez sea cierto; pero me pregunto ¿por qué casi nadie dice que es muy hermoso ser hijo?
Para esbozar una especie de respuesta podría plantear la siguiente suposición: los hijos vivimos una especie de derecho adquirido a la vida, a la felicidad, a la evolución y al libre albedrío. A este fenómeno llamésmolo "el del zapatito nuevo". Esta alusión al humilde zapato la uso porque éste cuando nuevo y hasta casi viejo, permite nuestra locomoción cual si fuera parte de nuestro cuerpo; pero todos sabemos que cuando viejo, se convierte en un traste, en algunos casos hasta difícil de desecharse y es en ese entonces, cuando buscamos una reparación. Esta reparación la asocio con la búsqueda, aunque tardía, de nuestros amigos, parientes y principalmente padres y como para lamentarse sin consuelo, casi siempre sucede cuando ya no están.
Vivimos pensando que jamás cambiará nuestra fortuna, aquella que nos dá lozanía y fortaleza y muchas veces cosas materiales, no se nos ocurre pensar que mañana seremos otra persona, que podríamos necesitar del "otro". En algunos casos llegamos a manifestar una soberbia extrema al aguantarnos la amargura de no ser capaces de gritar auxilio. ¿Será por esa perfección imaginaria, en la que solíamos confiar? ¿O quizá porque se nos llena la cara de verguenza?.
El ser hijo tiene varias etapas y sin duda alguna, durante nuestra primera infancia es cuando la relación con la mamá es de vital importancia, por su protección, alimentación y sobre todo por su cariño; después ya nos vamos desprendiendo y al llegar a la adolescencia comenzamos a alejarnos de los nuestros, llegando inclusive a niveles de negación total de nuestra parentela.
En los países del primer mundo es muy normal el alcanzar dieciocho años y salir del hogar para ser independientes. En el nuestro todavía se ven casos para considerarse.

Uno de los Diez Mandamientos, el cuarto precisamente nos dice: "Honrad Padre y Madre".
El cuarto mandamiento es el primero que se refiere a la relación con el prójimo y además es el único de todos, que promete recompensa. Los hijos adultos ya no están en obligación de obedecer; pero deben seguir respetando a sus padres. Deben atender sus deseos, solicitar sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. Deben prestar ayuda material y moral en sus años de vejez y durante sus enfermedades, en su soledad y en su abatimiento.
He visto muy de cerca, llorar a los ancianos, que más allá de la dolencia misma de la carne, sienten el dolor en el alma, sienten, para justificar su abandono, cierto remordimiento al preguntarse ¿qué hice mal?, ¿qué no les dí?, ¿por qué no vienen a verme?. Seguramente las respuestas las tienen los hijos. Los más pobres (de espíritu) dirán: se lo merecen; otros esperan, o se desesperan por que se mueran y los peores se olvidan absolutamente.
Caray, los hijos estamos vivos, gracias a ellos. Un minuto de nuestro tiempo y una gota de nuestro amor ha de llegarles, estoy seguro, como bálsamo para el dolor.

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