Hacen cincuenta y tantos años que mi ser comenzó a ser. Llegaba a su fin la década de los sesenta, que desde mi percepción, la noto como la época en que terminaban de emigrar los primeros contingentes de indígenas, de sus tierras a las urbes.
Porqué dejaron sus tierras? Por la postergación a la que fueron sometidos. En el campo no habían las mínimas condiciones para vivir humanamente.
El viento en el altiplano, cual elemental potencia universal, sopla mostrando que el espacio es libre, la inmensidad de la desolada superficie se somete con pasividad, el balido de un cordero, el trinar de pajarillos y hasta el canto de un gallo; cual solitarias voces, expresan en el campo su existencia.
Los olores de la mañana traen consigo, el mágico perfume del pan recién horneado, la fragancia de la leche apenas ordeñada; y el perfume de claveles y otras flores.
Cuando la naturaleza es pródiga, vivir en el campo es una fortuna, cuando ella se enfurece, un infierno.
Santiago de Huayllamarca, antiguo pueblo, cercano a la frontera con Chile, es capital de la provincia Nor Carangas de Oruro, destaca en el paisaje del altiplano por ser un pueblo de condición climática benigna, gozar de aguas cristalinas y ser ideal para la agricultura, la cría de ganado y potencialmente para el turismo.
-Hijita, le dice:
-Ya estás grandecita, uno de estos días, voy a llevarte a la ciudad con tus padrinos.
Candicha, de adolescente, es una hermosa flor que de envidia la miraban las aves y las flores (verso de Manuel Acuña), corría en su pueblo, ora por jugar, ora por llevar los cántaros al río.
Por fin el día llegó y Candicha salió una fría mañana en el primer camión rumbo a Oruro. Instalada justamente de acuerdo a lo planeado en la casa de sus padrinos-una familia de yugoslavos-se desempeñaba como empleada doméstica y aprendió a limpiar, lavar ropa, cocinar, hablar el castellano y a vivir “como gente”. Esporádicamente, dada la proximidad de las ciudades, se trasladaba hasta La Paz.
Viernes en sus primeras horas, los camiones llegan trayendo la mercancía, los chóferes afanosos buscan un lugar para estacionarse, no tardan en hacerlo, a esas horas es muy fácil. El día comienza a mostrarse claro, de la carpa de los camiones rostros polvorientos se descubren de entre mantas y aguayos, una que otra guagua busca con llanto el pecho de su madre.
-Cuánto es el pasaje?, pregunta una cholita.
-Sabes también linduraa..., cada viernes te traigo y parece que por joder nomás vos me preguntas, le dice con sorna el ayudante
-Te haces subir también cada vez, por eso pués te pregunto y no me estés mirando así, contesta fastidiada la moza
-Aquisito pónmelo, con cuidado por favor, rogaba Candelaria.
-Caserita, cómo estás, dame de todo un poco pero bien yapadito, ya sabes...
Como no pues casera, aquí está la baratura y de yapa, la frescura, contestaba Candelaria
Su cuarto es apenas dos por tres, para llegar a él, primero hay que trepar penosas sendas, de las paredes de color rosa intenso cuelgan de dos clavos, una pollera y un sombrero, el piso es un vaciado de cemento, tiene una puerta y una ventana de cuarta calidad. En el espacio de la pieza se distribuyen un catre, una mesa, una silla y un cartón que hace de ropero. Afuera, es el patio de uso común y en éste están un cuarto de baño de pozo ciego, un banquito de tabla larga, unos cordones para tender la ropa, un grifo de agua y por jardín se entiende un grupo de maceteros. Este ambiente es su hogar, aquí ella duerme, sueña, planifica y piensa en su futuro.
Los días, los meses y los años, pasan casi iguales. Candelaria, luce preciosos veinte años y a esta altura de su vida no puede ocultar lo que lleva encima, belleza, esplendor y ganas de vivir. Fermín un apuesto joven, se le cruza en el camino, le invita a salir y poco a poco se adueña del corazón de Candelaria.
En efecto Fermín, se convierte en el esposo de la joven Candelaria. A un año del matrimonio, llega el primogénito de la pareja. No lo pueden creer, una guagua entre sus manos. Cada uno por su lado reflexiona: el papá, sueña con llegar a ver a su hijo, así sea sólo hasta sus diez años y mientras eso suceda trabajar con todas sus fuerzas para que no le falte nada; la mamá, no sueña, ella está despierta, su hijo es su realidad, está conciente que en adelante tiene una gran responsabilidad.
Le ponen de nombre Samuel y éste no tarda en llegar hasta la edad en que va a la escuela. Allá, en ese lugar que para muchos, es el templo del saber, Samuel sin darse cuenta experimenta los primeros embates de algo que no acaba de comprender: la discriminación.
Es evidente que asiste a la escuela con la mayoría de niños de su misma condición; pero los profesores que, seguramente tuvieron mejor suerte que sus padres, se encargan de propinarle a él y a sus compañeritos los golpes de esa tremenda lacra en nuestro país, la discriminación entre nosotros mismos.
Una vez, el profesor entró en el aula cuando ésta se encontraba en pleno alboroto y entonces preguntó:
-Cuándo se recuerda el día del indio?
Los niños contestaron:
-El dos de agosto! a una sola voz
Entonces el profesor les dijo con sarcasmo:
-Y por qué están festejando hoy día?
En cierta ocasión, el profesor de dibujo se puso a interrogar a los alumnos a qué se dedicaban sus papás, unos dijeron plomero, carpintero, cerrajero, albañil; zapatero, chofer, garzón y no faltó uno que dijo que su papá era administrador, lo que hizo que el profesor se quite los gruesos lentes y se aproxime al inocente niño para preguntarle:
-Qué dijiste?
-Administrador, contestó el niño con la mayor naturalidad
-Administrador de qué?
-De la iglesia San Pedro.
-Ahh dijo el profesor.
Fuimos sometidos, es verdad; pero aún por nuestras venas circula la sangre de nuestros antepasados. Nosotros, la “mayoría”, damos lugar a vernos como a “bichos”. Mucha gente, que en la actualidad ocupa puestos claves de autoridad política, cultural y social, encuentra justificativo, en nuestro comportamiento, en nuestra forma de vivir, para hacerse de nosotros el juicio más deshonroso.
En nuestra casa, en las calles, en nuestro trabajo, tenemos a la oportunidad esperándonos. Por ejemplo en casa, comencemos por nosotros, contagiemos a los nuestros. Nosotros podemos, por qué no, si desde que nacimos tenemos uso de razón, se nos dio la capacidad de distinguir el bien del mal, comportémonos entonces de mejor manera. Así, nadie tendrá que avergonzarse de nosotros. En el trabajo por qué esperar que nos vean para producir más y mejor?. En las calles, en las plazas, en el tránsito vehicular o como peatones por qué botar basura donde sea?. Por qué no cuidar las plantas?. Por qué no conducir con orden, paciencia, higiene y seguridad?. Por qué no utilizar los pasos de peatón, respetar las paradas y dar preferencia y seguridad a los niños, a los ancianos o a la gente que ignora lo que nosotros no ignoramos?.
Es muy difícil, imposible dirán algunos. Mientras pensemos así, nunca dejaremos de ser ciudadanos de cuarta categoría.
Samuel Pachari ha cumplido dieciocho años, es bachiller y su primer deseo es ir al cuartel. Un cuatro de enero en la madrugada se encuentra en las filas para ingresar en el Regimiento Motorizado 23 de Infantería “Max Toledo” acantonado en Viacha.
-Sarnas, gana panes, quieren servir?. A ver si van ha aguantar carajo!, es la voz de un soldado antiguo.
Son las siete de la mañana y comienza el reclutamiento con una ceremonia que es ley entre los mostrencos, recortarse el cabello al ras. Los jóvenes, algunos asustados y otros muy a gusto soportan toda gama de maltratos.
Ocho de la mañana, el médico con la ayuda, siempre de los antiguos, hace la revisión que corresponde y determina la habilidad ó inhabilidad de los postulantes.
-Si quieres tú, puedes quedarte, estas bien, pero como eres bachiller puedes tramitar tu Libreta como Auxiliar A ó B e irte, le dice el doctor a Samuel.
-Yo quiero servir doctor, es la respuesta sin titubear de Samuel.
-Cómo te llamas?, interroga Samuel.
-Eleuterio Pachari, mi clase, contesta el mostrenco.
-Vas ha saber que yo, Samuel Pachari, soy tu hermano y como tal, te dejo todo lo que tengo, tres maletas, mis libros, mi maletín y mi radio.
Dicho esto Samuel se licenció del cuartel y nunca después, llegó a saber nada de Eleuterio.
Samuel, llegó por fin hasta la casa de Adela, pasó por el zaguán que comunica, la puerta de calle con un pequeño jardín, logró atravesarlo y a su frente se abrió una puerta doble, una voz amable le dijo con ternura:
-Pasa Samuel, estás en tu casa.
-Con permiso, está Adela?
-Sí Samuel, estoy aquí, clamó desde un rincón Adela
-Hola mi...querida amiga, dijo luego de un titubeo, bastante más que largo.
-Cómo estás?
La charla prosiguió, casi sin nada interesante.
Donde se producía un torbellino, era en las entrañas de Samuel. Sufría como nadie en ese instante, Adela estaba embarazada y a punto de...Samuel estaba frente a ella, un año exactamente después de verla por última vez y no podía comprender que Adela fuera capaz de...Pero la verdad era más real que su angustia y más fría que su transpiración. Por primera vez en su vida sentía que está vivo porque Dios así lo quiere; porque si de él dependiera no sería como es.
Hora de la Universidad, Samuel está seguro de su vocación, quiere ser periodista y con esa idea asiste al pre-universitario. Después de algunos meses logra el primer lugar e inscribe entre sus alternativas de carrera: Periodismo y Psicología clínica.
Con el resultado obtenido se acerca a su padre que a la sazón, se encontraba trabajando en su taller de carpintería.
-Papá le dice, voy a estudiar periodismo.
-Estarás loco, los periodistas son perseguidos y nunca bien pagados.
Sin embargo Samuel se acerca a la Universidad y allí sufre una desilusión, se entera que en la Universidad pública no existe esa carrera.
Samuel sabe que su única alternativa es la Universidad privada, intenta convencer a sus padres; ellos, no pueden pagar y Samuel se resigna.
Bolivia necesita técnicos! es la voz que grita en su cerebro, no puede ser un error yo nací para servir y por qué no hacerlo si es por mi patria bulle en su interior. Samuel se hace Técnico.
Claro, nuestros padres acostumbrados al sometimiento se contentan con que algún día sus hijos tengan un trabajo bien remunerado, mejor si es del Estado.
Amor llena mis ojos,
que con amor quiero mirar las cosas.
Yo sé que si las miro con amor resplandecen;
yo sé que si las miro con amor se entregan.
Jamás donde hubo amor los mundos se agotaron;
jamás donde hubo amor cesaron las palomas.
Y nunca sin amor fueron los nidos,
y si el nido no fuera la vida no sería.
¡Oh, qué gozo, los nidos, por tan desamparados!
¡Qué alegría saberlos, muy cerca de nosotros,
alzándose en el alba!
¡Qué alegría saberlos!
Amor llena mis ojos.
Iré dándote, amor, como a río invencible,
y nunca gota a gota, a manantiales.
Llegarás a lo seco,
llegarás a lo árido;
recorrerás la sed viva y eterna;
florecerán contigo las raíces
y el surco se dará lleno de flores.
Esmaltarás la tierra, ¡toda!, sin mesura,
y hasta el rincón más mísero y pequeño
tendrá el amanecer que le otorgaron.
Amor llena mis ojos;
que en la inmensa amapola de tu luz me derrame
sobre el reseco nido, y así los nidos sean.
Samuel y Brisa se juran amor eterno, ante un altar en la Parroquia de San Pedro. De novia, Brisa es una gema envuelta en albo vestido y Samuel un apuesto caballero. La fiesta de matrimonio se lleva a cabo en un modesto local de fiestas alquilado, transcurre la misma animada por una orquesta y los invitados son vecinos, amigos, padres y padrinos.
-Sabes hacer engranajes, pregunta el jefe
-Sí, de todo tipo, es la respuesta de Samuel.
-Veamos, tenemos un problema, el técnico que trabaja en el turno de la mañana es presumido y se hace de rogar, a ver si tu consigues bajarle los humos.
-No es mi propósito; sin embargo veré lo que puedo hacer.
Samuel acaba esa misma tarde un tallado de engranaje helicoidal y de esta manera gana la voluntad del jefe, pues éste ordena la inmediata instalación de la pieza en una gran máquina que estaba parada con el consiguiente perjuicio de obreros sin qué hacer. El desempeño de Samuel en sus primeras horas como nuevo empleado de la fábrica es sin lugar a dudas todo un éxito. El se siente feliz.
Transcurren tres años de trabajo en la fábrica y Samuel ve que necesita otro lugar para desempeñarse, pues en éste ya no queda nada interesante, lo que le lleva a concursar en una solicitud de Técnico Mecánico para una fábrica instalada en Cotapachi, Cochabamba, dependiente del Estado. Con calificación excelente accede al empleo. Samuel, prácticamente soporta un año en esas instalaciones, no resultó lo que imaginaba, la fábrica no contaba con servicio eléctrico y con tremenda maquinaria resultaba ser, un elefante blanco.
El sol, el hambre, el frío, la lluvia, el viento, las ganas de orinar, los gendarmes, precisamente parecen ensañarse con los gremiales.
La joven pareja gana pero sufre, pierde, principalmente el rol de padres, pierde, la calidez de un hogar, pierde, la oportunidad de acompañar a sus hijos cuando ellos necesitan de ellos, pierde hasta la amistad…
-No te sientes en mi puerta andá más allá!
-Desde cuándo es tu puesto, dueño de la calle!
Son frases que hieren, cual frío acero que cala el alma; pero lo que vale, cuesta.
Y el tiempo va pasando, como alguien dice. Samuel y Brisa se hacen empresarios y entonces ocurre un fenómeno que no es extraño en nuestra sociedad, un fenómeno que a alguien no sin mucho ingenio se le ocurrió llamar, el de la guitarra: tomarla con la izquierda y tocarla con la derecha (idea tomada del libro "Sobremesa" de Cayetano Llobet).
En efecto la pareja adquiere bienes, entre mercadería, inmuebles y vehículos, su condición deja de ser dependiente y se convierten en empleadores. Son padres, ya no de niños; sino, de jóvenes.
Sus antiguos clientes los miran, algunos con admiración, otros con envidia y otros hasta con desprecio.
La crisis en Bolivia es moneda corriente, nos acostumbramos a vivirla, atravesarla y hasta disfrutarla, tiene sus bemoles, será que conocemos tan de cerca vivir, a veces, hasta en la indigencia, que cuando tenemos el estómago lleno y el corazón contento, parece que somos felices; es decir, somos muy felices, lo que ocurre es que podríamos serlo mucho más aún, para ello tenemos que usar una simple fórmula: educarnos, trabajar y no olvidarnos, que no siempre tiene que ser para otros. ¿Por qué esperar que nos venga una ayuda?, ella puede venir y debe ser bienvenida; pero no podemos estar dependientes de ella, es más, no podemos contar con ella. Busquemos nuestra independencia económica, social y política.
Encontraron la fórmula. Que paguen impuestos, no solo los de hoy sino también los de ayer, como si no hubiéramos pagado por adelantado con la postergación de nuestros antepasados, que fueron explotados, abusados y desterrados en su propia tierra. ¿Cuánto cuesta lo que no nos dieron en salud, educación y condición mínima de seres humanos?. Nos debe el Estado.
No se trata de negarnos a pagar impuestos, se trata de que debe haber comprensión y tolerancia, se trata de que se debe enseñar, no con violencia; sino, con ejemplo. ¿Acaso no se nota que lo que se cobra por impuestos, en muchos casos, es malgastado por el Estado a través de desfalcos, negociados y diferencias humillantes de salario?
Casi todos los modelos económicos son buenos, o más bien serían buenos, si se cumplieran los supuestos, bajo los cuales son planteados; pero de los supuestos a los hechos hay mucho trecho. Los seres humanos somos difíciles, somos incontrolables, no sabemos usar nuestro libre albedrío. A los que saben o tienen un poco más que los demás les importa un carajo sus semejantes. Y este es un delito que prontito se paga.
Parece ser cierto, cuando se dice y se escucha que “el tonto vive de su trabajo y el vivo, vive del tonto”. Hasta cierto punto se cumple, cuando de por medio esta la desvergüenza del delito; pero cuando se trata de disfrutar la maravillosa etapa de tener más de cincuenta, no se cumple; pues de por medio no está el delito, sino la experiencia, esa facultad facilísima de saber elevarse, de ver de arriba, contemplar y proceder, para organizar el trabajo de otros, de hacer que el dinero sea quien trabaje por nosotros.
Tenía apenas siete años y obligada por su triste realidad soñaba despierta al cerrar sus ojitos, con princesas de doradas cabelleras, de largos vestidos, y de tacos de alfiler. Despertaba y su realidad era el abandono, la tristeza, la pobreza, el hambre y el frío; observaba a su madre y la veía sumida en la humildad, la ignorancia y la resignación. Aquí, se encuentra la explicación de ese deseo, esa fuerza y necesidad de crecer, progresar y desafiarle a los años, para convertirse entonces en Dña. Brisa.
Sin lugar a dudas ella es la artífice principal de esta odisea. En su personalidad se encuentran valores no muy comunes, rasgos de carácter fuerte, decidido y con una confianza en sí misma a toda prueba. De su valor humano, entre sus mayores cualidades, nítidamente destacan: la solidaridad, la colaboración desinteresada y principalmente ese romperse en ternura, de paloma desvalida, cuando parece tener la fiereza de una leona.
Samuel no se contenta con el tiempo trancurrido, no acepta el paso de los años, tiene dos edades muy diferentes, una, la del señor que tiene más de cincuenta; la otra, la del hombre eterno, del hombre que no piensa morir.




