He oído de muchas mujeres que no hay nada más hermoso que ser madre, tal vez sea cierto; pero me pregunto ¿por qué casi nadie dice que es muy hermoso ser hijo?
Para esbozar una especie de respuesta podría plantear la siguiente suposición: los hijos vivimos una especie de derecho adquirido a la vida, a la felicidad, a la evolución y al libre albedrío. A este fenómeno llamésmolo "el del zapatito nuevo". Esta alusión al humilde zapato la uso porque éste cuando nuevo y hasta casi viejo, permite nuestra locomoción cual si fuera parte de nuestro cuerpo; pero todos sabemos que cuando viejo, se convierte en un traste, en algunos casos hasta difícil de desecharse y es en ese entonces, cuando buscamos una reparación. Esta reparación la asocio con la búsqueda, aunque tardía, de nuestros amigos, parientes y principalmente padres y como para lamentarse sin consuelo, casi siempre sucede cuando ya no están.
Vivimos pensando que jamás cambiará nuestra fortuna, aquella que nos dá lozanía y fortaleza y muchas veces cosas materiales, no se nos ocurre pensar que mañana seremos otra persona, que podríamos necesitar del "otro". En algunos casos llegamos a manifestar una soberbia extrema al aguantarnos la amargura de no ser capaces de gritar auxilio. ¿Será por esa perfección imaginaria, en la que solíamos confiar? ¿O quizá porque se nos llena la cara de verguenza?.
El ser hijo tiene varias etapas y sin duda alguna, durante nuestra primera infancia es cuando la relación con la mamá es de vital importancia, por su protección, alimentación y sobre todo por su cariño; después ya nos vamos desprendiendo y al llegar a la adolescencia comenzamos a alejarnos de los nuestros, llegando inclusive a niveles de negación total de nuestra parentela.
En los países del primer mundo es muy normal el alcanzar dieciocho años y salir del hogar para ser independientes. En el nuestro todavía se ven casos para considerarse.
Uno de los Diez Mandamientos, el cuarto precisamente nos dice: "Honrad Padre y Madre".
El cuarto mandamiento es el primero que se refiere a la relación con el prójimo y además es el único de todos, que promete recompensa. Los hijos adultos ya no están en obligación de obedecer; pero deben seguir respetando a sus padres. Deben atender sus deseos, solicitar sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. Deben prestar ayuda material y moral en sus años de vejez y durante sus enfermedades, en su soledad y en su abatimiento.
He visto muy de cerca, llorar a los ancianos, que más allá de la dolencia misma de la carne, sienten el dolor en el alma, sienten, para justificar su abandono, cierto remordimiento al preguntarse ¿qué hice mal?, ¿qué no les dí?, ¿por qué no vienen a verme?. Seguramente las respuestas las tienen los hijos. Los más pobres (de espíritu) dirán: se lo merecen; otros esperan, o se desesperan por que se mueran y los peores se olvidan absolutamente.
Caray, los hijos estamos vivos, gracias a ellos. Un minuto de nuestro tiempo y una gota de nuestro amor ha de llegarles, estoy seguro, como bálsamo para el dolor.
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