En las misas de cuerpo presente que suelen oficiarse para los difuntos, hay una frase que reza el sacerdote, después de la Consagración, cuando Cristo ya esta presente en el recinto (iglesia o velatorio) la cual dice más o menos así: “Señor te pedimos por el alma de tu hijo (a)…. cuya fe y entrega SOLO TU conociste…” y esto nos habla indudablemente de la personalísima relación, que en cada vida el hombre tiene con su Creador y con su Salvador, en esos momentos de intimidad que propicia la oración, la meditación, la confesión y la simple reflexión solitaria ante los acontecimientos de la vida.
Cuántas veces nosotros mismos hemos experimentado en lo individual, ese trato cercanísimo con Dios, cuando le expresamos nuestras preocupaciones, nuestras angustias y desde luego cuando en el examen de conciencia previo al sacramento de la reconciliación, le hablamos de nuestros vanos esfuerzos por ser mejores y no volver a caer o cuando le pedimos su intervención para que nos acompañe y nos ayude en los siempre inevitables tramos difíciles de la existencia. Y es ahí, en esa comunión de fe, donde Él se da cuenta del grado que hemos alcanzado en sentirnos y creernos verdaderamente hijos, de ser amigos íntimos con quién compartimos nuestras alegrías, penas, debilidades y fracasos, del grado de confianza, de entrega que tenemos en sus promesas y en su Palabra y sobre todo de quién pensamos que verdaderamente es Él.
No se equivocaba Seneca, cuando afirmaba que “De la abundancia del corazón, habla la boca” pues es cierto que en general cuando albergamos en ese órgano símbolo de lo que sentimos, sentimientos auténticos y profundos como el amor, nuestras palabras llevan el tinte del enamorado y pareciera que nuestra visión del mundo se tiñe de colores pastel. Sin embargo, por una extraña razón, muchos de nosotros creyentes no siempre verbalizamos la intensidad y cercanía de nuestra relación con el Autor del mundo y de nuestra propia existencia, y es por ello que esa importantísima relación queda muchas veces casi en el anonimato y solamente Él conoce en su extensión y profundidad.
Hablar con Dios, es entonces la conversación del hijo con su Padre Eterno, es la plática del creyente con el Dios Hijo que en realidad se convierte, por lo menos así debiera serlo, en la charla de dos amigos que han compartido la misma naturaleza y por lo mismo el conocimiento de las debilidades y fortalezas humanas, de las alegrías y de las tristezas, de las ilusiones y de esos acontecimientos cuando la vida te decepciona. Y es en ese preciso momento cuando podemos descubrir en Jesús al amigo que nunca falla, porque antes de condenarnos, siempre nos defiende y nos perdona como en el caso de aquella mujer adúltera, por quién se interpone y aboga; es el consejero que entendiéndonos nos asesora para elegir el mejor sendero para nuestro recorrido y es por eso que en esa advocación de su Santísimo Corazón, que precisamente se celebra en este mes de junio, encontramos el refugio seguro de aceptación de nuestra persona y cuando nos preguntamos ¿a mi quién me quiere, quién me apoya?
Él nos contesta desde el interior “Yo te amo como lo más preciado, estoy siempre contigo y nunca te desamparo”; cuando nos sentimos destrozados, traicionados, arrasados en una palabra y nos preguntamos ¿quién podrá levantarnos y darle sentido nuevamente a nuestra vida? Jesús presente siempre, nos responde al corazón: “Venid a mí todos los que estáis cansados, refugiaos en mi misericordia que es comprensión, aceptación incondicional y perdón sin límites, pues Yo estaré con vosotros” y como dice la oración, donde está Dios no falta nada.
Por eso, cuando la vida nos decepciona, cuando volvemos a caer, cuando desafía en nuestra Fe el sufrimiento físico o espiritual, cuando vemos hechos trizas nuestros sentimientos hacia otras personas, cuando somos víctimas del aparente triunfo de la perversidad y de la inquina, nuestra verdadera esperanza es acudir, con las fuerzas que aún nos queden, al Sagrado Corazón de Jesús, para decirle con simples y llanas palabras de amigo a amigo, ¡ayúdame, no puedo por ahora manejar el coche de mi vida, toma las llaves y llévame en este tramo por donde quieras! y entonces, sin duda alguna, habremos de cantar con el salmista “El Señor es mi pastor, nada me falta…..por negros valles me hace transitar y nada me pasa” y nuestro corazón se levantará al cielo, si ya no podemos hablar, para decir: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”.
Escrito por: Eduardo Sastré de la Riva
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