Mi Verso Favorito

SI LAS PALABRAS QUE SE VAN A DECIR NO SON MÁS BELLAS QUE EL SILENCIO, LO MEJOR ES CALLAR.


4 de marzo de 2009

El Purgatorio

Al paso de los años, hemos ido perdiendo la conciencia y certidumbre, sobre la existencia del Infierno y del Purgatorio; ya algún pensador decía, que Satanás ha sido tan hábil (que no inteligente) que ha convencido al hombre de hoy, de que él no existe y mucho menos el Infierno que le es concomitante y del que Jesús nos advirtió como ese lugar de sufrimiento, tormento y castigo para esas almas que han rechazado la gracia de la salvación y la invitación a hacer el bien, por amar, en lugar de hacer el mal y dejarse poseer por el odio y todo lo que de él deriva, como la envidia y la mentira, y de éstas la crueldad, la impostura, la calumnia y la infamia.

ImageAl pensar el hombre que no existe el Infierno, tal como fue descrito por Jesús, ha sido muy cómodo negar también de paso la existencia del Purgatorio y decir alegremente, que no hay que equivocarse, que aquí en la Tierra se pagan todas las cosas y que si hay un más allá, desde luego ya no pueden ser lugares de sufrimientos mayores a los que a veces se experimentan en la vida humana, por muchas personas. Lamentablemente esta simplista y cómoda manera de penar es absolutamente falsa, porque ese razonamiento supone negar básicamente tres cosas: A).- La Palabra, las enseñanzas y las promesas de Cristo sobre la Vida Eterna, posterior a ésta existencia; B).- La existencia de una Justicia Divina Perfecta y Prístina, que nada menos hizo exigible la misión de Cristo para poder reconciliar al ser humano y redimirlo y C).- La Infinita Misericordia de Dios, que todavía le permite al hombre un estadio de purificación, para que su espíritu pueda entrar al Reino de los Cielos donde es imposible estar si no es con un espíritu inmaculado, de ahí la aseveración también de que el pecado, del tipo que sea, mancha la pureza del alma humana.

Efectivamente no son solo los Apóstoles y los Evangelistas los que nos dan testimonio y constancia de la existencia del Infierno y del Purgatorio, es el propio Jesucristo quién habla de ese “lugar donde será el sufrimiento y el crujir de dientes” de las almas que voluntariamente quieran perderse, por despreciar todas las grandes y enormes oportunidades y medios para salvarse, y que rayan verdaderamente en el mínimo de los esfuerzos, como son reconocer a Dios como Creador y Padre Nuestro, a Jesucristo como su Hijo Único y Salvador Nuestro y arrepentirse del mal causado y de los pecados cometidos. Son muchas las vidas que se han transformado radicalmente cuando se dan una oportunidad de reflexión profunda y se abren al don de la Fe que Dios regala a raudales, ahí está por ejemplo la vida del mismísimo “Saulo”, perseguidor de los primeros cristianos y que en el momento del encuentro directo y personal con Jesús, se abre al amor y a la fe, llegándose a convertir en San Pablo, quién da a conocer el Cristianismo a los llamados “gentiles”, es decir a los pueblos no judíos.

El Purgatorio, es ese lugar y destino, creado por la inmensa Misericordia de Dios, adonde van las almas que habiéndose salvado del Infierno, tienen que pagar, para purificarse, las penas temporales de lo que fueron sus pecados de los que fueron absueltos en el sacramento de la confesión, pero que deben responder de las consecuencias y de los daños de esos pecados, que infringieron sufrimiento, dolor y pérdidas a veces irreparables en los demás y que la Justicia Divina y Perfecta, clama en nombre de las víctimas y de los inocentes. Por ejemplo, para entenderlo mejor, pensemos que con el pecado clavamos un clavo en la pared y mediante la confesión, el sacerdote, al perdonar la infracción a la Ley del Amor, saca de esa pared el clavo y lo quita de nuestra conciencia, sin embargo, el hoyo en la pared originado por el clavo, queda y es necesario resanar y pintar de nuevo esa pared y es a eso a lo que se llama “pena temporal” que quién clavo el clavo, es decir, quién peco, debe resanar con obras de misericordia, con penitencia y cuando ello es posible, pidiendo perdón al ofendido directamente, devolviendo lo tomado indebidamente o trabando arduamente para restablecer el prestigio y buen nombre de aquellos que han sido calumniados o desprestigiados o bien, ganando las indulgencias que para ello ofrece la nuestra Madre la Iglesia.

Desgraciadamente muchas veces el pecador se olvida al salir del confesionario, de esa otra “penitencia” que tiene que solventar, además de la directamente impuesta por el confesor, consistente en el rezo de oraciones o en la participación a celebraciones litúrgicas, de hacer obras de misericordia y de penitencia, como los ayunos y la abstinencia de lo más gustado o de lo más querido, ofreciéndolas con la intención de pagar en esta vida las penas temporales que nos corresponden por nuestros pecados; de esta suerte, cuando al pasar de los años de nuestra débil memoria se olvidan tantas y tantas penas temporales y se llega el final de nuestra existencia, nuestro destino inmediato es el Purgatorio, donde todas las almas deben terminar de pagar todas esas penas temporales que quedaron pendientes durante su vida, independientemente de que hayan sido personas que cambiaron radicalmente su vida a favor del bien.

Los sufrimientos y penas del Purgatorio son inimaginables, bien dicen los tratadistas y estudiosos de este estado, que cualquier sufrimiento enorme, descomunal, indescriptible en esta Tierra, es nada con el más ínfimo, pequeño y modesto tormento que se experimenta allá, de igual manera que la alegría más grande, intensa y monumental que podemos vivir aquí en la Tierra, es una ridiculez, una pequeñez irrelevante allá en la Vida Eterna.

Vamos a continuar hablando de este tema, en nuestras próximas colaboraciones, pero entretanto pensemos en nuestra deuda de penas temporales y hagamos obras de misericordia, de piedad y ofrezcámoslas por el pago de de esos pendientes o bien aprovechemos todas las oportunidades que tenemos de ganar la Indulgencia Plenaria, como es el rezo del Rosario en Familia o aprovechándonos del Año Paulino y concretamente confesando y comulgando para tal fin en cualquier iglesia en cualquier misa el próximo 29 de junio, Fiesta de San Pedro y San Pablo.

Escrito por Eduardo Sastré de la Riva

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