La liberación femenina sexual y social de los últimos
tiempos ha dado lugar a que aprendamos con facilidad a ponernos en el lugar de
los demás; es decir, a practicar la empatía.
Grandes cambios se están produciendo como siempre, solo que
esta vez me refiero a los que estamos viviendo en la actualidad: hemos
comprendido que los hombres, mujeres, niños, animales domésticos y salvajes no
son propiedad de nadie. Hemos comprendido que los fármacos no son la única
alternativa para curar la depresión o la infelicidad al descubrir que la mejor
receta es concentrarnos en lo que nos da alegría y no en lo que nos da pena.
Hemos descubierto la gran mentira de que
las neuronas no se reproducen, sino todo lo contrario, cuando a nuestro cerebro
lo tenemos activo. Las neuronas sí se
reproducen.
Por estas simples razones me remito a una muy bonita
reflexión que la escuché del pastor adventista Robert Costas: cuando el cerebro
humano se abstiene de hacer un esfuerzo, se muere, la situación es tal como si
se tratara de un charco con agua detenida, del que solo se puede esperar que
sea un caldo de cultivo de alimañas, en tanto que de un cerebro que se esfuerza
se puede esperar un lago de agua límpida,
el que sí sirve de riego y hasta de alimento.
Aprender, aprender, aprender; no es nada más que un
ejercicio y lo fascinante es que lo podemos hacer donde más nos guste, en el
arte, el deporte, la cultura y sobre todo en el amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario